jueves, 1 de marzo de 2007

Vendaval
(capítulo)





Por supuesto que yo conocí a mi general Pinochet, yo le di la mano a mi general en un día de nubes amenazantes y rayos eléctricos del 97, algunos meses antes de que los marxistas celebraran su detención en Londres y la realidad se transformara en un espejo negro, un espejo de circunstancias negras, una acumulación de datos atravesados por el escándalo y veleidades por el estilo, pero yo saludé a mi general ese día del 97 antes de que la desgracia cayera sobre nuestras cabezas y mi general se veía hermoso, por supuesto, con sus bigotes bien peinados y el pelo grisáceo ondulando como olas desmesuradas en el viento de la tarde, y lo mismo su capa, porque mi general tenía puesta la capa ese día que nos recordaba al ex presidente de la nación, al gestor moral de nuestro íntimo pronunciamiento, prócer ipso facto de la patria y también cabe recordar que ese era el día de su cumpleaños, y ojo que los cumpleaños de mi general en los años noventa no eran cualquier cosa sino que se trataba de fiestas importantes, fiestas donde la nueva política se hacía ver y donde varios colegas nos tomábamos unos traguitos mirando a las chiquillas, a las señoritas digo, y le echábamos el ojo a la esposa del Marco Antonio que estaba bien linda, pero eso nomás, el ojo, porque todos los colegas sabíamos lo que significaba meterse con el Marco Antonio en el año 1997, y después bailábamos y cantábamos y recordábamos anécdotas de nuestros días en el ministerio, cuando reconstruíamos el país desde la nada como verdaderos magos y los izquierdistas armaban la pelotera por cualquier declaración desafortunada y racista de mi general, es que habían muchas, pero a mi general se le perdonaban todas porque era muy impulsivo y nunca fue muy bueno con las palabras, algo que nunca importó realmente, porque un hombre de armas no necesita de las palabras, o al menos eso es lo que mi general solía decir y lo que efectivamente me dijo esa tarde del 97, me dijo “un hombre de armas no necesita de las palabras, muchacho”, y también hablamos del ministerio que yo manejaba, y me felicitó por la dirección impecable de los planes sociales durante su gobierno, aunque él no utilizó la palabra “sociales” por supuesto, y también me habló de un libro que estaba escribiendo sobre historia militar chilena, y yo le dije me parece muy bien, mi general, estaré deleitado de volver a visitar la prosa fluida e interesante de sus otros libros publicados, y el general Pinochet me miró con esa sonrisa picarona que tenía, como si hubiese sospechado que mis palabras escondían una burla de fondo, pero no dijo nada, y después de tomarse un trago de pisco sour me invitó posar en una fotografía, la misma foto que ahora inmortaliza los recuerdos de gloria y desesperación en el Living de mi casa, y juro que se me humedecieron los ojos de emoción, porque mi general me había invitado a posar junto a su familia, sus oficiales de confianza, los políticos del gremialismo y algunas celebridades de fuste como Hermógenes o la Paty Maldonado, y ahí me puse yo, que pese a haber sido un destacado ministro de su gestión nunca lo había conocido en persona, nunca imaginé que mi general me tenía en tan alta estima, y la fiesta transcurrió después como un sueño placentero, un lugar donde las bellas damas y los señores importantes del país blandían con orgullo sus espíritus revolucionarios, pero cuando ya se hacía tarde y varios invitados se habían retirado, fijé de pronto la vista en mi general, que a lo lejos comía unos canapés de centolla en una de las mesas, sentado sin compañía y mirando los canapés con una concentración total, una concentración hasta cierto punto ridícula, y después lo vi echarse a la boca cuatro o cinco canapés de una tirada, y los engullía con extremo desorden, botando pedazos de canapé mezclado con saliva y mostrando todo el contenido que mascaba, imbuido de un cierto abandono feroz e intimidante, y yo no lograba entender cómo era posible lo que estaba presenciando, y sentí que todo el peso del mundo se me venía encima, y esa noche cuando volví a mi casa sentí por primera vez en mi vida el vendaval, y la palabra rondaba mi cabeza como un cuchillo que insistía en clavarse sólo, el vendaval, el rastro del vendaval que se oculta en algún espacio remoto, pensé, y después pensé “matamos a mucha gente” y después pensé “torturamos a muchísima gente” y después pensé “matamos y torturamos a mucha gente y reconstruíamos el país desde la nada ” y después no volví a pensar nunca más en el asunto de las muertes, pero se me vino a la mente la palabra vendaval, y durante los siguientes meses las cosas se mantuvieron en un orden relativamente apacible, un orden que era sólo eso, orden, pero el vendaval seguía apareciendo en todos lados junto a la imagen de mi general mascando los canapés de centolla, el vendaval y la muerte y la centolla, y después vino Londres y el juicio y la vuelta a Chile y las persecuciones a los colegas y los procesamientos y los detenidos y pasaron los años y el informe de la tortura y el banco Riggs y la muerte de mi general, y ese día, cuando en la Escuela Militar se congregaba el pinochetismo alienado y rencoroso para despedir al prócer, cuando se evidenciaba ante el mundo lo podrido que estaba el país de manera irremediable y total, yo decidí pegarme un tiro en la sien, y eso es lo que hice, me pegué un tiro en la sien con mi Colt 45, un regalo del valeroso brigadier Espinoza en los años ochenta que nunca había utilizado antes, y quizás por eso mismo el tiro me salió tan mal pegado que destruí el cráneo en cinco partes, pero aún seguía vivo, y el dolor que sentí en ese momento no tiene descripción en palabras, señor, un dolor que evocaba la placidez atávica de la muerte, y aunque mi rostro quedó tan desfigurado que mi presentación en sociedad se hace insostenible hasta hoy, aunque logré un cierto nivel de aislamiento vital de las atrocidades del resto y de los otros, nunca me deshice del vendaval, ese que arrecia a toda hora y sin razón alguna, el vendaval que mi general me hizo ver esa tarde del 97 y que nunca más se fue, como si fuera el más trágico e indesmentible de sus legados, y eso es todo, espero con esto responder a su pregunta, señor detective, claro que yo conocí a mi general Pinochet, fue una tarde del 97 y él estaba de cumpleaños.

22 comentarios:

Pablo Rumel dijo...

Discutía con la Vale, que si bien tus cuentos son muy buenos, aún no te sacas eso que llamó Bloom , "la angustia de las influencias".

Si habría firmado Bolaño el cuento, habría creído a pie juntillas que era una creación de él.

Pero qué más decir? Está la cagada de bueno. Me saco el sombrero.

replicoreal dijo...

Usted también fue un prócer, desde la intimidad de su hogar (sí, ese mismo que guarda los recuerdos pictóricos de nuestro general), en las veladas interminables, cuando celebrábamos la voz llena de talento y alegría de Alvarito Corbálan, esa voz que escuchábamos juntos, ese hálito hermoso que era acompañado por el vozarrón de la Paty y los teclados del bueno de Horacio Saavedra; usted se mantuvo dacroniano todas las horas de vida de mi general, apoyando (silente o eufórico) cada minuto de humanidad de don Augusto (perdóneme, pero yo prefiero recordarlo como don Augusto). Usted, más que cualquiera, merece vivir estos momentos de profunda reflexión en
la solemnidad que los años de lucha (moral, intelectual, y por qué no, ética) le han entregado.
























cualquiera, merece vivir con la dignidad que nos corresponde a nosotros,

Charlie dijo...

sex chronicles

Pablo Rumel dijo...

En realidad hablé puras guevadas en el primer comentario. Parece la confesión en prosa de Bruno Vidal, vestido de ministro, ante su general.

Eso sí que sí.

Toro dijo...

rumel, aunque no lo creas tuve en mente a bruno vidal todo el tiempo cuando escribí esto, de hecho pensé poner un verso suyo de epígrafe( "Estas osamentas por alguna razón valedera / no las incorporaron a la contabilidad general/ del cementerio católico") pero no me gustan mucho los epígrafes,

saludos

replicoreal y charlie: gracias por leer

Diego Zúñiga dijo...

Anécdota: un día llegan unos amigos al colegio, allá en iquique, y cuentan que acaban de ver al general pinochet y que le dieron la mano y que casi se desmayan y que no se la van a lavar más. Somos pendejo, quizás tenemos 10 u 11 años. Una amiga les pregunta si no las tenía rojas. Mis amigos me miraron y no dijeron nada.
A todo esto: el capítulo parece scado de una novela como de detectives que no buscan a nadie pro que a la vez los encuentran a todos. Una novela donde se comienza con estos interrogatorios y no se acaba nunca.
Saludos.

Anónimo dijo...

¿ESA HUEVADA ES NOCTURNO DE CHILE, TENGO MIEDO TORERO O EL OTOÑO DEL PATRIARCA?

Alvaro dijo...

el título es pertinente, ya que el párrafo avanza como un verdadero vendaval.

bueno.

ricardo flores dijo...

La imagen del viejo comiendo canapés es conmovedora. La conmoción del asco, sí, pero también -resulta raro decirlo- de la pena. Perdona mi ignorancia ¿eres escritor? Perdón, se ve que lo eres, quise decir ¿tienes libros publicados? Si me das el dato, me gustaría leerte no sólo en este blog.
Saludos,
RF

Oscar Z. Oliva dijo...

Concuerdo: se llama vendaval porque, avanza como un vendaval.

Se lee rápido, pero con pausas, lo cual me agrada muchísimo.

Para que decir que Belano y Lima andan por ahí. O por lo menos sus espíritus.

Saludos, man.

esteban dijo...

vendaval: así como avanza y así como queda en la cabeza. sobre todo esa línea y media fugaz, notable, donde aparecen esos informes y gira nuestro héroe.

un abrazo

tincho dijo...

cambia el fondo negro po toro reculiao. me estai dejando ciego de los ojos rechuchetumare!!!

gracias

Toro dijo...

diego, vate, antonio: saludos a todos y gracias por leer.

tincho: jaja,quedate ciego nomás, gil culiao. saludos

bellaco dijo...

Patético era verlo regresar a Iquique, ya viejo y consumido. Proyectaba asco en los de siempre. Proyectaba admiración a los de siempre, en especial en una anciana penetrada en su juventud.
Pinochet, Pinochet …. siempre aparece el dictador. Puede ser una cuestión generacional escribir sobre el chuchesumadre.
Disfrutaba que se la mamaran. Todavía en Chile e Iquique algunos no pueden olvidar la pichulita de Pinochet.

Anónimo dijo...

Vaya, cada vez más gracioso y cada vez escribiendo mejor, hilando más fino... felicitaciones...

Luis Herrera dijo...

Lograste bien eso de relato oral, sin saber muy bien lo que es un relato oral, pero más o menos quiero decir eso que te lo cuentan a través de ondas acústicas y no leidas.
Hay libros que al leerlos sabes que los lees y otros que los escuchas. Tu relato se escucha, eso quería decir.
Por otro lado, concuerdo con el rumel del primer comentario y repudio al rumel del segundo.
Es un capítulo de Nocturno de Chile, claramente.
Bueno si tu juego fue ese, me parece genial.

saludos

Sala Virtual dijo...

un relato oral tiene que ver con la reproducción de las voces de los pueblos. estrategia que para los nuevos narradores es muy difícil, por la inminente visita de la madame globalización. un relato oral es pedro juan gutiérrez y no lo es cabrera infante. un relato oral es juan filloy, pero no lo es borges. usted no creo que lo sea, amigo Toro.

Toro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Toro dijo...

Herrera: obviamente hay una influencia y un diálogo con el nocturno, así como con bruno vidal, eso es innegable. pero la intención es que el relato exista y se sostenga por sí solo, más allá de las influencias. Quizás no lo logré. en todo caso, no estaba "jugando" a escribir un capítulo del nocturno ni de ningún otro libro.
saludos

usuario anonimo: creo que herrera se refería a que el texto se leía con cierto ritmo cercano a la oralidad, no a lo de las voces de los pueblos. gracias igual por la aclaración.

Javi dijo...

Pablo: hace tiempo no me metía a tu blog ¿asi que se te borró todo? que pena, habían artículos buenos que hubiera querido volver a ver. este último cuento me encantó, me cague de la risa, pero al mismo tiempo tiene desconsuelo y mucha locura. bieeen

un abrazo

Anónimo dijo...

javi es javiera mena???? que onda? toro es famoso?

Gabriel dijo...

Tengo el rollo (sólo es mi rollo) de que la generación de ahora no piensa en la traición de Pinochet (esa es una preocupación de los padres), sino en la traición mucho más nebulosa de alguien más, en un punto indefinido entre los 80 y los 90. Si tuviera que ponerle nombre, diría Viera-Gallo (ahora que volvió) y amigos, pero mi opinión puedes deslegitimarse fácilmente.

Y concuerdo en que es un diálogo con Nocturno, pero un diálogo de igual a igual, así que bien.

saludos