lunes, 9 de abril de 2007

El congreso de colorines



El Congreso de colorines se llevó a cabo en el año 2000, en una casa abandonada cerca de la torre eléctrica de Quinta Normal. Fueron siete días de comunión y planificación. Los colorines se habían comunicado hasta ese momento vía mail y mediante un canal de Messenger especialmente habilitado para ellos. Eran, a esas alturas, más de trescientos pelirrojos organizados a nivel logístico y operacional, provenientes de cinco regiones de Chile. La presencia de explosivos entre los materiales de trabajo no fue una sorpresa para casi ninguno de los asistentes, quienes ya manejaban ciertos conocimientos en la preparación de bombas caseras y escopetas hechizas.

Ricardo Gómez Gutiérrez era el gestor “moral y estético” de las ideas de la exaltación colorina, y eran la exclusión y los abusos de la infancia el motor de todo ese ímpetu extasiado de venganza. A la hora de esgrimir los argumentos, el rojazo Gómez Gutiérrez terminaba citando fragmentos de sus propias publicaciones, escritas a mano y entregadas personalmente a los participantes del Congreso. En ocasiones citaba su ensayo “Colapso y crisis de la personalidad de colorines pre adolescentes en el Chile contemporáneo”, donde decía “cada colorín es forzado, en un país mestizo de corte indígena como éste, a asumir la posición de un afuerino, a posicionarse como el símbolo de la otredad y la extravagancia cultural en el grupo social que lo acoge. Desde ahí el proceso de alienación se instala en la estructura misma de su dialogo con la realidad circundante”. No todos los colorines del congreso entendían a cabalidad esas palabras, pomposas y académicas para muchos, pero había algo en ellas que parecía conmoverlos, como si por primera vez alguien les hablara desde una comprensión real de su dolor.

Algo se estremecía en el ambiente cuando Gómez Gutiérrez citaba el ensayo “La tiranía del rubio en los límites de la aprobación social”, en el que explicaba cómo “los rubios, a diferencia nuestra, han acaparado un estatus de legitimidad y aprobación sociocultural en el país, pese a ser parte de la otredad racial, determinada ésta por el mestizo chileno y su carácter racista y clasista. Mientras el rubio mantiene su posicionamiento en las altas esferas sociales gracias al arribismo aspiracional del chileno ( todo esto es reafirmado por la fuerza persuasiva de la publicidad bonita), los colorines somos vistos como el reverso disfuncional de aquella extravagancia, un rasgo que disminuye la seguridad en nosotros mismos, nos hace vulnerables, objeto de bromas, sobrenombres, dominaciones, vergüenzas”.
Los colorines se miraban como si alguien les estuviera recordando una historia dolorosa, como si la vergüenza y la humillación enterradas en sus cuerpos hubiesen encontrado una vía de escape. En efecto, casi todos reconocían haber sido llamados alguna vez en su vida zanahoria, cabeza de cobre, cara de frutilla, cabeza de fuego, Pedro Carcuro, colorín Zaldívar, colorín culiao, colorín conchetumadre, colorín de mierda y así, siempre se anteponía el adjetivo a cualquier insulto posterior.

Un compatriota valiente (así insistía Gómez Gutiérrez que se llamaran entre ellos, compatriotas, como si fueran ciudadanos de la patria colorina) contó la historia de cómo sus compañeros de colegio le orinaban la cabeza en los recreos para “apagar el fuego”. Otro tipo de abundantes pecas rojas y un abultado pelo crespo dijo que nunca había hecho el amor en su vida. Cuando el resto le preguntó qué tenía que ver eso con ser colorín, el tipo respondió que todo, que las tempranas inseguridades sexuales producto de las burlas lo habían atrofiado para siempre. Y así, uno tras otro, los trescientos colorines se fueron subiendo al pequeño escenario levantado para el congreso, y relataron sus miserias colorinas, algunas muy graves y otras simples anécdotas graciosas, y recordaron también los golpes, las persecuciones, los insultos, los desamores; recordaron la sensación de ser observados más de la cuenta, de ser juzgados y mirados por un país hostil como signos irrefutables de la anormalidad, y se dieron abrazos, se abrazaron los unos a los otros en una catarsis colectiva que era observada por Gómez Gutiérrez con el rostro poseído, casi desfigurado de alegría.

Cuando llegó el momento de alzar las armas y los explosivos, de partir la “marcha revolucionaria” hacia el centro de Santiago para las reivindicaciones correspondientes, el sacrificio público de rubios y morenos, los colorines desistieron de tal plan, bajaron las armas, y optaron por quedarse compartiendo sus relatos durante algunas horas más, y después volver a sus respectivos hogares.

No eran gente violenta, sólo hombres y mujeres relativamente infelices que querían contar sus historias.