jueves, 17 de mayo de 2007

La vida privada de los árboles



La segunda novela de Alejandro Zambra es, como la primera, un bonsái. Una profundización de aquella estética borgeana del resumen, que el autor ya delineó en su comentado mini-libro de 2006. En Bonsái, Zambra introducía la historia revelando el final (“Al final ella muere y él se queda solo”), y aquí se trabaja un procedimiento similar: Julián, el protagonista, espera durante una noche a que su mujer regrese, y de entrada se nos anuncia que “ la novela sigue hasta que ella regrese o hasta que Julián esté seguro de que ya no volverá”.
Pero si en Bonsái la técnica literaria y la estructura constituían el principal discurso, en La vida privada… existe, además, una consistente construcción de personajes, con seres de carne y hueso que se perciben más reales y que, por lo tanto, duelen de verdad. En ese sentido es más “Novela” que la anterior, aunque los puntos en común son evidentes: Julián planea escribir un libro sobre un tipo joven que cuida un bonsái. Se diría que ambas novelas son inseparables, o mejor: La vida privada… agranda al Bonsái, lo justifica, permite entenderlo como el engranaje inicial de una obra mayor que comienza a gestarse. Un mundo coherente, estudiado y planificado en sus detalles.
Tanto Julio como Julián son tipos de clase media, melancólicos y resignados, que se criaron leyendo las horribles ediciones de tapa café de la editorial Ercilla (un tema que parece obsesionar a Zambra) y que están, de una u otra forma, abocados a la pérdida. Dice el narrador: “Julián no quería recuperar el amor, pues había dejado de amarla hacía mucho tiempo. Había dejado de amarla un segundo antes de comenzar a amarla. Suena extraño, en vez de amar a Karla había amado la posibilidad del amor, y luego la inminencia del amor. Había amado la idea de un bulto moviéndose dentro de unas sábanas blancas y sucias.” Porque aunque se trate de una historia de amor, donde la ternura (o el ternurismo) se hace presente, es también una historia poseída por una tristeza esencial, atávica.
Es, también, un relato sobre la paternidad y las formas que adopta, una meditación sobre la legitimidad de contar historias, una literatura de la intimidad.