jueves, 15 de noviembre de 2007

Un hombre malhumorado


Mi abuelo me enseñaba que la Teletón es lo peor del espíritu chileno. Nunca se ha visto, decía el abuelo, un desfile de mediocridad y mal gusto que se compare a ese espectáculo grotesco. El abuelo siempre me pareció una persona resentida y amarga, pero lo que decía con respecto a la Teletón me parecía acertado. Cuando era adolescente mis compañeros decían que no había forma de que Mario Kreutzberger aguantara las 27 horas animando sin pegarse en la pera, y yo estaba de acuerdo. No creo que Mario Kreutzberger aguante las 27 horas animando sin pegarse en la pera. Y eso está bien, porque Mario lo hace todo por los niños. Gasta su plata por los niños y utiliza su ilimitado poder en favor de los niños, y si se pega en la pera será por el bienestar de los niños. Mi abuelo decía que para la teletón jamás daría su dinero ganado en el negocio de los muebles antiguos, que antes lo pillaban muerto. Y yo he seguido los postulados de ese viejo mezquino en lo que a la Teletón respecta. A mi abuelo no le importaban los niños discapacitados. A mi tampoco. Mi abuelo incluso se burlaba de ellos y les decía tullidos. Yo no les decía tullidos porque me parecía innecesario, pero igual a veces coreaba la canción que cantaban mis compañero en el colegio: " yo no tengo manos ni tampoco tengo pies". Me parecía una canción muy graciosa y en ciertos aspectos tierna. No creo que un discapacitado se enoje por eso. Tendrían que ser muy tontos graves los discapacitados para enojarse por eso. Cuando jugábamos dominó con el abuelo y él tenía cáncer, el abuelo aprovechaba el tiempo que le quedaba en aclararme algunos aspectos de la Teletón. Representaba la cursilería intrínseca e insobornable del chileno medio, era el festival de la desgracia estética y moral, era el desfile de las mentes podridas de la televisión, era el imperio de Mario, sobre todo eso, el imperio de Mario. Cuando murió el abuelo habían 22 personas en el funeral. Mi madre me pidió que dijera unas palabras sobre el abuelo, que yo lo conocía más que todos de los que ahí estaban, pero me negué de inmediato. No quería decir nada sobre el abuelo, arisco y malhumorado. Nunca volví al cementerio, pero en estos días, cuando veo a Jaime Coloma y Rafael Araneda hablando de las 27 horas de amor por la televisión, me acuerdo a veces del abuelo.